Todo el evangelio está lleno de encuentros. Más aún. La Escritura es el continuo esfuerzo de Dios que sale al encuentro del hombre, que le pregunta: "Adán, ¿dónde estás?" (Gen 3,9)
El de este domingo trata de una mujer, que se encuentra perdida en la vida, o simplemente que de tanto buscar la felicidad p
or caminos errados, acaba por desorientarse. Y Jesús, que quiere que el pecador se convierta y viva, pues ha venido a traernos vida, "y vida en abundancia" (Jn 10,10), va al encuentro de esta mujer para que descubra la felicidad, el agua viva que Él nos da para que nunca más tengamos sed.
Os dejamos dos posibles videos: uno para niños (dibujos animados) y otro para adultos. Ambos nos dan el mismo mensaje que la Palabra quiere transmitirnos
(Audiencia general del miércoles 12 de octubre de 1983)
1."Díjole la mujer: Señor, dame de esa agua para que no sienta más sed" (Jn 4, 15). La petición de la samaritana a Jesús manifiesta, en su significado más profundo, la necesidad insaciable y el deseo inagotable del hombre. Efectivamente, cada uno de los hombres digno de este nombre se da cuenta inevitablemente de una incapacidad congénita para responder al dese
o de verdad, de bien y de belleza que brota de lo profundo de su ser. El hombre, a medida que avanza en la vida, se descubre, exactamente igual que la samaritana, incapaz de satisfacer la sed de plenitud que lleva dentro de sí. El hombre tiene necesidad de Otro; vive, lo sepa o no, en espera de Otro, que redima su innata incapacidad de saciar las esperas y esperanzas.
¿Cómo podrá encontrarse con Él? Para este encuentro resolutivo es condición indispensable que el hombre tome conciencia de la sed existencial que lo aflige y de su impotencia radical para apagar su ardor. El camino para llegar a esta toma de conciencia es, para el hombre de hoy como para el de todos los tiempos, la reflexión sobre la propia existencia. Ya lo había intuido la sabiduría antigua. ¿Quién no recuerda la inscripción que destacaba bien a la vista en el templo de Apolo en Delfos? Decía precisamente: "Hombre, conócete a ti mismo".
¿Cuáles son las características de tal experiencia, gracias a la cual el hombre puede afrontar con decisión y seriedad la tarea del "conócete a ti mismo", sin perderse a lo largo del camino de esa búsqueda? Dos son las condiciones fundamentales que debe respetar.
Ante todo, deberá aceptar apasionadamente el complejo de exigencias, necesidades y deseos que caract
erizan su yo. En segundo lugar, debe abrirse a un encuentro objetivo con toda la realidad.
San Pablo no cesa de evocar en los cristianos estas características fundamentales de toda experiencia humana cuando subraya con vigor: "Todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1 Cor 3, 22-23), o cuando invita a los cristianos de Tesalónica a "probarlo todo y quedarse con lo bueno" (1 Tes 5, 21).
La frase que pronuncio la samar
itana: "Señor..., dame de esa agua para que no sienta mas sed"... Realmente vale para todo hombre, más aún, mirándolo bien, es una profund
a descripción de su misma naturaleza.
En efecto, el hombre que afronta s
eriamente sus problemas y observa con ojos limpios su experiencia según los criterios que hemos expuesto, se descubre más o menos c
onscientemente como un ser a la vez lleno de necesidades, para las que no sabe encontr
ar respuesta, y traspasado por un deseo, por una sed de realización de si mismo, que no es capaz él solo de satisfacer.
El hombre se descubre así colocado por su misma naturaleza en actitud de espera de Otro que complete su deficiencia.
En todo momento impregna su exis
tencia una inquietud, como sugiere Agustín al comienzo de sus Confesiones: "Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta q
ue descanse en Ti" (Confesiones 1, 1).
Cristo es
quien lo salva. Sólo Él puede sacarlo de esta situación en que se encuentra, colmando la sed existencial que le atormenta.

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